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Voluntarios internacionales del POUM por la revolución

En un artículo anterior reseñamos Las Brigadas Internacionales: Fascismo, libertad y la guerra civil española, el exhaustivo y amplio relato de Giles Tremlett sobre los 34.000 voluntarios extranjeros que lucharon en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española. Ahora llega este volumen,  Voluntarios por la Revolución: La Milicia Internacional del POUM en la Guerra Civil Española, por Andy Durgan, actualmente publicado sólo en español, sobre los extranjeros que lucharon en el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). En comparación con los brigadistas internacionales, los voluntarios extranjeros que sirvieron en la milicia del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) han recibido poca atención. Con motivo del 87º aniversario de la fundación del POUM -el 29 de septiembre de 1935- publicamos esta reseña de una obra reciente que llena este vacío en la literatura sobre la Guerra Civil. Al mismo tiempo, añadimos a nuestra base de datos otros 1.174 registros extraídos de la extensa investigación de Durgan.

La historia del POUM durante la Guerra Civil suele verse a través de los ojos de Eric Blair, el escritor inglés que publicaba bajo el pseudónimo de George Orwell y cuyas experiencias en la milicia del partido fueron relatadas en Homenaje a Cataluña. Orwell formó parte del único grupo de voluntarios que ha recibido mucha atención por parte de los historiadores, el del Partido Laborista Independiente (ILP) británico. Andy Durgan, académico británico residente desde hace mucho tiempo en Barcelona, es el mejor indicado para tratar el tema: entre sus trabajos anteriores figura un estudio sobre los orígenes del POUM.

Tras los enfrentamientos callejeros de principios de mayo de 1937 en Barcelona, conocidos en catalán como els fets de maig, el POUM fue acusado de ser una organización tapadera del nazismo, y el 16 de junio de 1937 el gobierno republicano lo declaró ilegal. Uno de sus dirigentes, Andreu Nin, fue detenido y posteriormente asesinado por agentes soviéticos, aunque se afirmó, extrañamente, que había sido rescatado de la cárcel por agentes nazis disfrazados con uniformes de las Brigadas Internacionales. Se detuvo a otros dirigentes del partido, el Hotel Falcón de Barcelona -sede del comité militar del partido- se convirtió en una cárcel del partido comunista y se cerraron sus otras oficinas. Numerosos miembros de la milicia del POUM fueron detenidos, en algunos casos tras regresar de permiso a Barcelona después de servir en el frente de Aragón.    

En el momento de la ilegalización del POUM, la acusación contra el partido de ser una tapadera del Estado nazi se repitió en los medios de comunicación extranjeros y se creyó ampliamente.  Orwell, que regresó a Barcelona desde el frente de Aragón el 20 de junio, se vio obligado a esconderse hasta que escapó a Francia con su mujer. Más tarde, en Homenaje a Cataluña, Orwell se propuso exponer las absurdas acusaciones contra el POUM y sus miembros. En 1938, siete destacados dirigentes del partido fueron finalmente juzgados: se derrumbó la acusación de que eran agentes nazis y, en su lugar, se condenó a cinco de los acusados por intentar una toma de poder revolucionaria en Barcelona en mayo de 1937. Como señala Durgan, el Estado republicano y su sistema jurídico no estaban bajo el control de la Unión Soviética ni del Partido Comunista español y por ello, el tipo de juicio espectáculo que se produjo en Moscú en 1936-1938 no fue posible en la República.

A pesar de la absolución de los dirigentes del partido acusados de ser agentes nazis, se les había cubierto de fango y se mantuvo gran parte del desprestigio contra los miembros del partido y su milicia. Entre las acusaciones comunes lanzadas regularmente contra la milicia del POUM destacan dos: la de jugar al fútbol contra el enemigo en tierra de nadie en el frente de Aragón y la de deserción a gran escala del mismo frente durante los fets de maig. Durgan aporta pruebas para refutar ambas acusaciones. Con respecto a las acusaciones de que el POUM era un nido de espías extranjeros, Durgan acepta que probablemente había espías en todas las unidades militares, pero descarta la idea de que si los hubo, desempeñaran un papel importante entre voluntarios extranjeros del POUM, señalando la amplia experiencia previa a la guerra que muchos de ellos tenían como militantes revolucionarios.  Precisamente, al detallar esos antecedentes de activismo de los voluntarios extranjeros del POUM, Durgan desafía al lector a creer que esas personas pudieran ser espías fascistas o contrarrevolucionarios, y ese es un punto fundamental del libro.

Se desconoce el número exacto de extranjeros que sirvieron en las unidades militares del POUM entre el golpe militar de julio de 1936 y la ilegalización del partido en junio de 1937. Durgan calcula que fueron unos 500, de los cuales ha conseguido localizar a 367; su historia constituye la base de gran parte del libro. Las breves notas biográficas sobre cada uno de ellos que se incluyen en un apéndice dan una idea de la extraordinaria vida de muchos de estos revolucionarios, hasta ahora ignorados, y serán de utilidad para los investigadores.

No es de extrañar que los voluntarios del POUM compartieran muchas características con los miembros de las Brigadas Internacionales: la mayoría eran trabajadores manuales, sólo una minoría tenía experiencia militar previa y un número significativo era judío. Sin embargo, había diferencias: Los poumistas solían ser mayores que los brigadistas.  Mientras que estos últimos incluían voluntarios de alrededor de cuatro quintas partes del total de estados independientes del mundo, los voluntarios del POUM procedían de un número menor de países y era más probable que fueran refugiados antifascistas. Alrededor del 60% de los voluntarios del POUM procedían de países con gobiernos autoritarios, siendo los grupos más numerosos, como es lógico, los de Alemania (alrededor del 30%) e Italia (otro 20%). La mayoría de ellos ya vivían fuera de sus países de origen cuando comenzó la Guerra Civil, a menudo en Francia o Bélgica. Sin embargo, un número importante de poumistas extranjeros ya vivía en España antes del estallido de la guerra: Durgan identifica a 79 de estos residentes extranjeros, 34 de ellos alemanes y 25 italianos. La mayoría de los alemanes vivía en Barcelona, donde, incluso antes de la toma del poder por los nazis en 1933, había una gran comunidad alemana. En 1934 la policía estimaba que había entre 15.000 y 18.000 personas de esta nacionalidad, muchas de ellas inmigrantes sin regularizar. Una de las características de la Europa de entreguerras que subrayan tanto Durgan como Tremlett es el gran número de personas desplazadas.

Los antecedentes comunes de los voluntarios alemanes e italianos como refugiados por las dictaduras en sus países de origen dieron lugar a una diferencia, posiblemente predecible, entre los dos grupos. El establecimiento previo del régimen fascista en Italia significó que la mayoría de los voluntarios italianos habían abandonado el país en la década de 1920, lo que hizo que los poumistas italianos fueron en promedio notablemente mayores que sus homólogos alemanes, y mayores que otros extranjeros del POUM.  

Como era de esperar, muchos de los voluntarios del POUM habían participado activamente en círculos políticos de izquierda en sus propios países, ya sea en grupos y partidos comunistas disidentes críticos con Stalin o en partidos socialistas de izquierda, como el Partido Socialista Obrero de Alemania (Sozialistische Arbeiterpartei Partei Deutschlands -SAPD) y el Partido Laborista Independiente (ILP) británico. Además de proporcionar material de referencia sobre dichos partidos, Durgan incluye un listado alfabético que muchos lectores encontrarán especialmente útil.

Sin embargo, el libro de Durgan no se centra únicamente en los voluntarios extranjeros: también se propone examinar la política militar del POUM. Se trata de un aspecto que, según él, ha sido muy descuidado por los historiadores. Consiste en una descripción detallada de la creación y el desarrollo de las milicias del POUM y de su actividad militar durante el primer año de la guerra, sobre todo en el frente de Aragón.

Los historiadores parecen haber aceptado con demasiada facilidad la imagen de Orwell de Aragón como un frente estancado en el que se combatía poco. Esa imagen encajaba fácilmente en los relatos de la guerra escritos por los opositores al POUM, incluidos quienes apoyaron al partido comunista. El frente de Aragón era claramente un páramo en comparación con las batallas alrededor de Madrid en el invierno de 1936-1937 y con las de las provincias vascas y Asturias en el verano de 1937. Sin embargo, Durgan muestra que las unidades del POUM estaban lejos de estar inactivas, especialmente en los intentos de tomar el bastión franquista de Huesca. De hecho, el mismo día en que el POUM fue declarado organización ilegal, el 16 de junio de 1937, las tropas de la 29ª División, la unidad de milicias del partido que hasta poco antes era conocida como la División Lenin, capturaron la que se conoce actualmente como «Loma de las Mártires» en las afueras de Huesca, al norte, que era importante estratégicamente.

Aunque la mayor parte de las fuerzas del POUM estaban desplegadas en Aragón, Durgan también detalla las experiencias de la unidad del partido en el frente de Madrid, incluido el papel de la argentina Mika Etchebéhèhere, que, a pesar de ser mujer, comandó una compañía de la milicia del POUM y más tarde sirvió en el Estado Mayor de la 36ª Brigada (anarquista), antes de dedicar el tiempo que le quedaba en España a trabajar con la organización femenina anarquista Mujeres Libres.

Mika Etchebéhère, nacida en 1902 en Argentina y fallecida en 1992 en Francia. Aquí en el frente de Guadalajara en 1936. FOTO: Wikipedia

El POUM suele considerarse un partido marginal que tuvo una existencia efímera entre su fundación en 1935 y su supresión. Durgan cuestiona esta afirmación, citando que contaba con 30.000 miembros durante el invierno de 1936/7, principalmente en las zonas más revolucionarias de Cataluña, Valencia y Aragón. Aunque a menudo se da por sentado que la ilegalización del POUM en junio de 1937 supuso el fin del partido, Durgan también demuestra que claramente no fue así: continuó su existencia en la sombra en Valencia y Madrid hasta mediados de 1938: siguieron apareciendo ediciones clandestinas de La Batalla, el periódico del partido, y Durgan cita al director del periódico, Josep Rebull, que afirmó que en diciembre de 1937 seguían activos entre 8.000 y 10.000 miembros.     

Tras la ilegalización del partido, el destino de los voluntarios extranjeros del POUM fue diverso. Durgan sostiene que la mayoría de los voluntarios que procedían de países con regímenes democráticos pudieron salir de España, aunque en muchos casos fue tras periodos de detención. La situación del resto fue mucho más difícil, ya que no pudieron regresar a sus países de origen. Durgan enumera 104 voluntarios que fueron detenidos tras los fets de maig, 31 de los cuales fueron expulsados. Muchos voluntarios se quedaron, o bien para alistarse en unidades anarquistas, en las Brigadas Internacionales, o en unidades regulares del ejército republicano o bien, en algunos casos, para trabajar en fábricas.

Los lectores de Homenaje a Cataluña recordarán que, antes de los fets de maig, el autor, junto con otros voluntarios de la ILP, intentaba pasarse a las Brigadas Internacionales. Los sucesos de Barcelona les hicieron descartar esta posibilidad, y Orwell volvió a la milicia del POUM en el frente de Aragón hasta que fue herido. Sin embargo, parecen haber sido relativamente comunes los traslados entre unidades militares: Durgan identifica a 51 voluntarios que sirvieron tanto en las Brigadas Internacionales como en las milicias del POUM. En algunos casos los antiguos poumistas tenían alternativas limitadas: el italiano Giuseppe Leban, por ejemplo, fue expulsado de España en agosto de 1937, pero dos meses después fue expulsado de Francia y volvió a España para unirse a las Brigadas.

Los detalles biográficos en el apéndice del libro de Durgan revelan la situación de muchos de los voluntarios. El alemán Hans Reiter, por ejemplo, antiguo miembro de la Legión extranjera francesa, sirvió en las milicias del POUM y, tras ser detenido en julio de 1937, se convirtió en oficial del ejército republicano. Detenido en un campo de Argelia entre 1939 y 1942, se unió a la famosa 2ª División Blindada del general Philippe Leclerc, que entró en París a la cabeza de las fuerzas de liberación aliadas en agosto de 1944.  Otto Towe, también alemán, sirvió en la milicia del POUM antes de pasar a la Columna anarquista Durruti en diciembre de 1936 y posteriormente, en julio de 1937, alistarse en las Brigadas Internacionales en las que sirvió hasta el final de la guerra (a pesar de ser brevemente detenido en agosto de 1937). Sus experiencias posteriores incluyeron el internamiento en Francia, el regreso a Alemania, donde fue detenido por la Gestapo, su envío a Grecia como parte de un batallón penal alemán, su huida y finalmente el ingreso en el Ejército Popular de Liberación Griego (ELAS), la mayor de las fuerzas griegas que lucharon contra la ocupación alemana.

Sin embargo, la opción de Towe de unirse a las Brigadas Internacionales no parece haber estado disponible para muchos de los voluntarios que habían sido miembros del Kommunistische Partei Deutschlands, el partido comunista alemán disidente: Durgan señala el papel del KPD-Abwehr, la organización de seguridad del partido comunista alemán pro-Moscú, que acusó a todos los voluntarios alemanes del POUM de ser agentes de la Gestapo y pudo impedir que la mayoría de ellos se alistaran en las Brigadas.

Como indican los casos de Otto Towe y Hans Reiter, el destino de los extranjeros que sirvieron en el POUM fue a menudo muy duro tras la victoria de Franco. Un número significativo de voluntarios alemanes e italianos acabaron, casi inevitablemente, en campos de concentración, inicialmente en Francia, donde sus perspectivas empeoraron tras la caída de Francia en 1940.  De los 52 voluntarios del POUM que Durgan enumera como internados en campos franceses, 28 eran italianos y 18 alemanes. Su situación puede compararse con la de muchos de sus compatriotas de las Brigadas Internacionales. Como estos últimos, muchos fueron enviados al campo de concentración de Gurs, en el suroeste de Francia. Aquí, según Durgan, los poumistas sufrieron la penuria adicional de ser tratados como espías y simpatizantes nazis por los miembros del partido comunista.

¿Cómo debemos valorar la contribución del número relativamente pequeño de voluntarios extranjeros que sirvieron en las unidades militares del POUM? Durgan sostiene que no se debe pasar por alto su importancia. Enumera 36 voluntarios que sirvieron como oficiales y/o comisarios políticos en las unidades del POUM y argumenta que las unidades en las que sirvieron fueron las más eficaces que reunió el partido. Su papel, como el del propio POUM, ha quedado marginado en muchos de los relatos de la Guerra Civil. Pocos historiadores han creído las acusaciones lanzadas contra el partido y su milicia de ser una organización tapadera nazi pero, como indica Durgan, muchas otras acusaciones que aún se repiten con frecuencia contra el POUM eran injustificadas y falsas.  De hecho, una de las conclusiones de Durgan es que:

La principal diferencia entre los combatientes extranjeros del POUM y los miembros de las Brigadas Internacionales fue el vilipendio y, en muchos casos, las medidas represivas a las que serían sometidos.

Voluntarios por la Revolución: La Milicia Internacional del POUM en la Guerra Civil Española (p. 485)

Como se ha indicado anteriormente, el hecho de que este libro se centre en los voluntarios extranjeros del POUM llena un vacío en nuestro conocimiento y comprensión de una faceta de la Guerra Civil. Aunque gran parte del material sobre el partido puede encontrarse ya en la literatura especializada en castellano y catalán, Voluntarios por la Revolución lo pone a disposición de un público más amplio y es recomendable para lectores interesados en la política interna de la España republicana durante la Guerra Civil. Esperamos que quienes nos leen en inglés pronto tengan la oportunidad de disfrutar una edición en su idioma.  

Base de datos elaborada con la colaboración de Enric. Traducción del artículo realizada con la versión gratuita del traductor DeepL y revisión de Concha Catalan.

Se ha actualizado el 4 de octubre de 2022.

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FOTO: Milicianos del POUM recibiendo instrucción práctica en el manejo de ametralladoras. Cuartel Lenin. Barcelona. Biblioteca Digital Hispánica. Imágenes procedentes de los fondos de la Biblioteca Nacional de España.

Un año más, a favor del derecho de acceso a la información

Como parte de las actuaciones de ihr.world en pro del derecho de acceso a la información, este miércoles 28 de septiembre de 2022 a las 11:30 hora peninsular (CEST), la presidenta de la asociación Innovación y Derechos Humanos, Concha Catalan, participará en una Reunión Abierta con el título Los secretos oficiales ¿el lado oscuro de la transparencia?

Aquí nuestra participación en el Congreso Internacional de Transparencia y Gobierno Abierto (a partir del minuto 1:15:00)

Será en el Día Internacional del Derecho de Acceso Universal a la Información y en el marco del VII Congreso Internacional de Transparencia, que se celebra este año en Cartagena del 28 al 30 de septiembre, en modalidad dual (presencial y online) gracias al apoyo de la Universidad Politécnica de Cartagena. Hay más de 700 personas inscritas. 

Ved nuestra página sobre El derecho de acceso a la información y todos nuestros artículos al respecto. Un año más, defendemos el derecho de acceso a la información como un derecho fundamental. 

El espacio físico será la Facultad de Ciencias de la Empresa de la Universidad Politécnica de Cartagena. La plataforma online está por confirmar y publicaremos aquí el enlace. Coordina el evento la Coalición Pro Acceso, de la que ihr.world es miembro activo. Modera Safira Cantos Salah, Directora General de la Fundación Hay Derecho (presencial).

Participan:

  • Concha Catalán. Cofundadora de Innovation and Human Rights (a distancia)
  • Elisa Avilés. Presidenta de Archiveros Españoles en la Función Pública (a distancia)
  • Manuel Sánchez de Diego Fernández de la Riva. Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid. (Presencial)
  • Miguel Ángel Blanes Climent. Experto en transparencia. (Presencial)
  • Patricia González. Investigadora legal en Access Info Europe. (Presencial)
  • Rosario Lópaz. Miembro del Foro de Gobierno Abierto. Vocal de la Junta Directiva de SEDIC. (presencial)
  • Yolanda Quintana. Secretaria General de la Plataforma por la Libertad de Información (presencial)

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Resumen estival: año 2021

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MASACRE DE ATOCHA: 44 AÑOS DESPUÉS

LOS DEVOTOS Y LOS DESPLAZADOS: UNA NUEVA HISTORIA DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

RECTIFICACIÓN: LOS EXPEDIENTES DEL MINISTERIO DE EDUCACIÓN

EL MAKING OF DE LOS EXPEDIENTES DE EDUCACIÓN

«PRISON OF WOMEN» (CÁRCEL DE MUJERES), POR TOMASA CUEVAS

NUEVO BUSCADOR DE REPRESALIADOS DE LA GUERRA CIVIL

NUEVO BUSCADOR POR LUGAR DE NACIMIENTO

EL PESO DEL PASADO AUSENTE

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PEDIMOS AL GOBIERNO QUE RECONOZCA COMO DERECHO FUNDAMENTAL EL ACCESO A LA INFORMACIÓN

ESCRIBIENDO LA HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL EN 1961

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LO QUE HACES IMPORTA

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FOTO: El cortejo fúnebre de los abogados de Atocha. Madrid, 26 de enero de 1977. Autor desconocido. Public domain.

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Foto: Frente de Madrid. Servicio sanitario en la capital y en el Frente. El General Miaja con los jefes de Sanidad Militar visitando el importante donativo sanitario al ejército republicano por Central Sanitaria Internacional. Reportajes Gráficos Luis Vidal. Valencia. Biblioteca Nacional de España. Licencia CC-BY-NC-SA

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TRES AÑOS REIVINDICANDO EL DERECHO DE ACCESO A LA INFORMACIÓN

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Resumen estival: año 2018

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Coloquio sobre Violencia Política

Carlos Terraga y Concha Catalán han presentado sendas comunicaciones en el IV Coloquio internacional sobre violencia política en el siglo XX, organizado por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB)

La organización del Coloquio ha ido a cargo del Centro de Estudios sobre Dictaduras y Democracias (CEDID), que es un Centro de Estudio e Investigación de la UAB formado por más de un centenar de investigadoras e investigadores de diferentes disciplinas. Nuestra asociación ha constado como colaboradora. Se ha celebrado en los locales de Comisiones Obreras en Barcelona del 15 al 17 de junio.

Carlos Terraga, doctorando en Historia y miembro de nuestro equipo ha presentado Revolución y políticas de violencia. Los comités revolucionarios de barrio en Barcelona (1936), en el marco de la sesión Los frentes de la guerra civil española, entre la retaguardia y la implicación internacional, analizando la gestión política de la violencia por parte del Ayuntamiento de Barcelona: la propia de la guerra, tanto la revolucionaria en la retaguardia como frente a los bombardeos, como la causada por el colapso de las instituciones republicanas [en el llamado «corto verano de la anarquía»].

Terraga habló de cómo es necesario un análisis socioespacial para entender la radicalidad de ciertos movimientos, de por ejemplo las redes de barrios y arrabales, y las experiencias compartidas de lucha y resistencia obrera. Los revolucionarios atacan símbolos de poder, entre ellos la religión, para faclitar el cambio social, aspirando a un nuevo modelo de poder tejido por redes de partidos, sindicatos, juventudes libertarias, la CNT y la FAI, y diversos líderes vecinales.

El ponente también dividió en tres etapas la gestión de la violencia por parte de los organismos municipales, según tres claves interpretativas historiográficas: revolución, poder y violencia. Son las siguientes:

19 julio 1936 – septiembre/octubre 1936

Existe un vacío de poder, en parte por el reparto de armas. El Ayuntamiento sobrevive gracias a la figura del alcalde Carles Pi i Suñer pero baja su intensidad por la reestructuración de poder entre los diversos actores. Cobran gran importancia los comités revolucionarios de barrio. Es un periodo de gran violencia: más de la mitad de las víctimas de Catalunya mueren en esos tres primeros meses de guerra.

Septiembre/octubre 1936 – mayo 1937

La Generalitat intenta absorber el poder de los comités revolucionarios. Mientras la Confederación Nacional de Trabajo (CNT) y el Partido Socialista Unificado de Catalunya (PSUC) participan en su gobierno, en el Ayuntamiento entran la CNT, el PSUC y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Se produce una crisis en la retaguradia republicana, con gran violencia porque existen diversas maneras de entender la revolución. Además, Barcelona está siendo fuertemente bombardeada. (Ver Barcelona: 800 días bajo las bombas)

Mayo 1937 – enero 1939

A partir de los hechos de mayo, se eliminan los vestigios de los comités revolucionarios y se produce una estabilización de poder. Aunque el POUM sigue presente en el Ayuntamiento de Barcelona, se mantiene la represión al control del orden público por parte de patrullas urbanas y comités revolucionarios.

[Para profundizar, se puede consultar Del orden revolucionario al orden antifascista. La lucha política en la retaguardia catalana, por Josep Antoni Pozo, y a La crisis del antifascismo, por Ferran Gallego]

Terraga compartió mesa con Nathan Rousselot, de Nantes Université, y Pierre Salmon, de la Université de Caen, cuyas comunicaciones versaron sobre Violencias y orden en la retaguardia republicana: el control del territorio como condición del apoyo francés (1936-1939). Presentó y moderó el debate posterior Javier Tébar, director del Archivo Histórico de CCOO y profesor de la Universitat de Barcelona.


A su vez, Concha Catalan, presidenta de la asociación sin ánimo de lucro Innovación y Derechos Humanos, que gestiona ihr.world (Ver detalles aquí ), presentó una comunicación sobre la base de datos de la entidad, ya con 1,4 millones de registros, en el marco de la mesa redonda Memorias en disputa.

Catalán equiparó la denegación de acceso a la información y a la documentación a una forma de violencia política, en un estado que no ha juzgado nunca a su propia dictadura. Se refirió a las diversas bases de datos existentes sobre Guerra Civil y franquismo y destacó la importancia de los archivos para promover y proteger el derecho a la información.

Moderó la mesa Luciano Alonso, de la Universidad Nacional del Litoral (UNL, Santa Fe, Argentina), que presentó también la comunicación Las memorias del terror de Estado en Argentina: entre la reacción conservadora y la subjetivación neoliberal. Alonso explicó que desde 2015, lamentablemente, se ha erosionado y cuestionado la memoria crítica dominante que había existido sobre la dictadura y represión durante los años 70, aquella que se vinculaba con los movimientos sociales como las Abuelas de la Plaza de Mayo.

Se refirió a la definición de tres tipos de memoria, por Ludmila da Silva Catela: las memorias dominantes, de las organizaciones de Derechos Humanos, asumidas entonces por el estado nacional; las memorias denegadas, de quienes defendieron la dictadura; y las memorias subterráneas, de las comunidades indígenas. Con el macrismo, se construye un contexto neoliberal y neoconservador que incorpora un espacio para negacionistas sobre el número de desaparecidos y la gravedad del terrorismo de estado. Aparece un discurso reivindicativo de los aspectos supuestamente positivos de la dictadura, y una tendencia a negar la memoria crítica democrática.

En la misma mesa presentaron también comunicaciones Inês Ferreira de Almeida, del Instituto de História Contemporânea (IHC NOVA FCSH, Lisboa, Portugal), sobre El olvido portugués y la recuperación de narrativas apaciguadoras [O esquecimento portugués e a recuperação de narrativas apaziguadoras] y Rosa Torán, del Ateneu Memòria Popular, sobre dicha entidad barcelonesa, sus numerosas actividades y la memoria en clave de presente.

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Resumen estival: año 2017

En nuestro quinto año de existencia, vamos a ofreceros una serie de resúmenes anuales de nuestro trabajo anterior. ¡Gracias por leer!

LOS SUMARÍSIMOS: Procedimientos Judiciales Militares en la Guerra Civil y el franquismo (1936-1980)

SUMARÍSIMOS EN FEMENINO: Las mujeres represaliadas en Catalunya en datos

LA VICTORIA DE ASCENSIÓN MENDIETA

TRES DOCUMENTALES: DESAPARICIÓN FORZADA

MENORQUINES REPRESALIADOS POR EL FRANQUISMO

EL PARLAMENTO CATALÁN APRUEBA LA NULIDAD DE LOS JUICIOS POLÍTICOS FRANQUISTAS

VÍCTIMAS DEL FRANQUISMO EN CATALUNYA, FINALMENTE EN #OPENDATA

PERIODISMO DIGITAL DESDE LOS ARCHIVOS

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Foto: Cárcel Modelo, septiembre 1941. Arxiu Pérez de Rozas, Arxiu Fotogràfic de Barcelona.

El campo de concentración de San Pedro de Cardeña

Entre 1936 y 1947 se retuvo a casi medio millón de personas en 188 campos de concentración franquistas. El último de ellos, en Miranda de Ebro, se cerró finalmente en 1947 (Javier Rodrigo, Cautivos, 2005, p. 308). Uno de los campos más importantes ocupaba parte del antiguo monasterio de San Pedro de Cardeña, unos 10 km al sureste de Burgos. Sobre todo, se conoce San Pedro por ser el campo de concentración por ser destino de brigadistas internacionales y otros prisioneros extranjeros capturados a lo largo de 1938-9. Sin embargo, antes desempeñó un papel importante en el desarrollo del sistema de reclusión franquista, concretamente durante la ofensiva rebelde de 1937 contra las provincias costeras del norte de Vizcaya, Santander y Asturias, controladas por los republicanos. San Pedro también merece ser recordado por las investigaciones de Antonio Vallejo Nágera para encontrar el «gen rojo». Los resultados de sus estudios basados en los prisioneros extranjeros y otros se utilizaron como justificación del sistema de represión franquista durante y después de la guerra.   

San Pedro y la Guerra del Norte

En diciembre de 1936, tras el fracaso de la ofensiva militar de los rebeldes sobre Madrid, su autoridad estableció campos de concentración en varias localidades del norte de España. Estos primeros campos solían emplazarse en castillos, fortalezas o monasterios. Uno de ellos fue el de San Pedro: el monasterio, que llevaba cerrado desde 1922, se consideró adecuado para 1.200 prisioneros, que serían confinados en grandes habitaciones en lugar de en celdas. 

A principios de 1937 el campo comenzó a llenarse de hombres trasladados desde otros campos del norte de España. Antes de llegar a San Pedro, estos hombres habían pasado por el sistema de selección franquista que clasificaba a los prisioneros en función de su lealtad: Aa o  afectos (partidarios de los rebeldes); Ad dudosos (de dudosa lealtad); B reaprovechables (redimibles); y criminales. Los hombres enviados a San Pedro estaban clasificados como Ad o B. 

La campaña rebelde contra Vizcaya, iniciada el 31 de marzo de 1937, supuso la captura de miles de personas, tanto civiles como miembros de las fuerzas republicanas. Muchos de ellos, tras la criba, fueron enviados a San Pedro. El proceso de cribado era rápido: tras la caída de Bilbao el 19 de junio se estableció un campo en Deusto donde, en los últimos diez días de julio, la comisión de clasificación filtró a 536 prisioneros. Mientras tanto, en Murgia (cerca de Vitoria), durante todo el mes de julio se examinó a una media de 100 personas en jornadas de diez horas, es decir, un caso cada seis minutos (Rodrigo, p. 54). 

La ocupación de Santander por las fuerzas de Franco en agosto de 1937 supuso la captura de unas 50.000 personas, mientras que el fin de la resistencia republicana en Asturias, dos meses después, produjo otros 33.000 prisioneros. En septiembre y octubre de 1937, 5.699 de estos hombres fueron trasladados a San Pedro, que funcionaba como campo de tránsito: los prisioneros pasaban unas seis semanas allí hasta que eran enviados a otros lugares en batallones de trabajadores de 600 hombres cada uno.  Durante 1937, según el exhaustivo estudio de Javier Rodrigo sobre el sistema de campos de concentración, unos 10.000 hombres salieron de San Pedro formando parte de batallones de trabajadores; 3.000 de ellos fueron enviados a trabajar en la gigantesca mina de hierro de Gallarta, cerca de Bilbao (Rodrigo, pp. 73-4).

Prisioneros construyendo una carretera cerca de San Pedro de Cardeña

Las condiciones de vida en San Pedro eran muy similares a las de la mayoría de los campos. En palabras de Rodrigo: «piojos, frío, hambre, sed, humillación, aculturación y castigo«, así como las enfermedades, que eran la principal causa de muerte, provocadas por el hacinamiento y las malas condiciones.  Los prisioneros sufrían lo que Rodrigo llama sanpedronitis, «la dolencia más generalizada: la caída de los dientes, las encías sangrantes, derivadas de la mala alimentación y la escasez de vitaminas” (Rodrigo, pp. 161-2).  Aunque el campo estaba, según él, mal vigilado, hubo pocos intentos de fuga porque los prisioneros estaban demasiado débiles físicamente. La excepción fueron seis brigadistas alemanes que se escaparon en un intento de evitar la atención de la Gestapo y/o su traslado a Alemania: fueron recapturados, devueltos a San Pedro y castigados brutalmente. Aunque San Pedro, a diferencia de la mayoría de los campos, disponía de un centro de salud, la única medicina disponible era la aspirina. La investigación realizada por Carl Geiser, brigadista internacional encarcelado en San Pedro, en la década de 1980 reveló la muerte de 66 prisioneros españoles y 10 extranjeros en el campo. (Geiser, Prisoners of the Good Fight, 1986, pp. 115-6.)

Geiser describió así su primera tarde en San Pedro: 

Se apiñó a varios miles de prisioneros vascos y asturianos vestidos de paisano en una zona entre nosotros y el césped… Entonces apareció un sacerdote alto y delgado, un franciscano, que vestía una larga túnica marrón con un cordón blanco. Desde un montículo, en una homilía de veinte minutos, explicó por qué el fascismo era preferible a la democracia y al comunismo. A continuación, un comandante de baja estatura y edad avanzada -el comandante del campo- y varios oficiales entonaron el himno fascista Cara al Sol. La ceremonia concluyó con un oficial gritando «¡España!», a lo que los prisioneros españoles respondieron «¡Una!»; un segundo «¡España!» y la respuesta «¡Grande!»; un tercer «¡España!» y un sonoro «¡Libre!». Luego, tres gritos más débiles de ‘¡Franco!’ sincronizados con el brazo alzado y bajado.

Geiser, Prisoners of the Good Fight, p. 104.

A principios de abril de 1938, cuando llegaron los primeros internacionales, había en el campo unos 2.000 prisioneros españoles. Para el 10 de junio, el número total de hombres en el campo había aumentado a 3.673, el triple de la capacidad estimada inicialmente. Sin embargo después, San Pedro y muchos de los otros campos del norte perdieron importancia como centros de retención de prisioneros españoles: las derrotas republicanas en Aragón en marzo-abril de 1938 y la ofensiva insurgente en Cataluña en diciembre de 1938 llevaron a la apertura de nuevos campos en el territorio recientemente ocupado.

San Pedro y los prisioneros internacionales

Varios factores influyeron en la decisión de concentrar en San Pedro a los extranjeros capturados, incluidos los miembros de las Brigadas Internacionales. Bajo presión de sus aliados italianos y alemanes, el régimen de Franco decidió intercambiar estos prisioneros por soldados y aviadores italianos y alemanes presos en las cárceles republicanas. Anteriormente ya se había intercambiado un pequeño número de prisioneros extranjeros, aunque a menudo se había fusilado a los brigadistas internacionales al ser capturados [Geiser enumera datos de 172 brigadistas de Estados Unidos fusilados tras su captura entre abril de 1937 y septiembre de 1938].  La decisión de enviar a los extranjeros capturados a San Pedro se tomó días después de la captura de un gran número de brigadistas en Aragón, incluido Geiser, que era comisario político del Batallón Abraham Lincoln. Su libro, Prisoners of the Good Fight, es el mejor relato de la experiencia de prisión en San Pedro por parte de un internacional. 

A principios de mayo de 1938 había 625 internacionales en San Pedro. Los grupos más numerosos procedían de Gran Bretaña e Irlanda (149), Estados Unidos (74), Francia (48), Alemania y Austria (44), y Polonia (32); el resto procedía de otros 33 países. No todos eran brigadistas. La investigación posterior de Geiser descubrió una lista oficial de 653 extranjeros en San Pedro en fecha 10 de septiembre de 1938: 130 eran hombres que habían luchado en unidades del ejército republicano. Tampoco eran todos militares: entre ellos había 41 civiles sospechosos de apoyar a la República, entre ellos dos camioneros franceses que se encontraban en España para comprar naranjas. (Geiser, Apéndice 2). 

Para las autoridades rebeldes, los prisioneros extranjeros de San Pedro eran excelente material de propaganda, ya que eran prueba de la presencia de combatientes extranjeros en el ejército republicano y, por tanto, daban respaldo a su intento de justificar que ellos mismos dependían de la ayuda militar alemana e italiana. Afirmar que España había sido invadida por un ejército de comunistas también contribuía a su intento de justificar el golpe militar de julio de 1936, que, según se afirmaba falsamente, había impedido una planeada toma de poder comunista en España. Se produjeron varias películas de propaganda, entre ellas “Prisioneros de Guerra” (1938).

En la película se presenta una imagen de la vida en las cárceles que contrasta fuertemente con las condiciones brutales y deshumanizadas descritas en las memorias de los detenidos, ya sea en San Pedro o en cualquier otro centro de reclusión de la España franquista. Muchos de los prisioneros retratados claramente no son internacionales, a pesar del comentario introductorio, que afirma que el «oro soviético» había atraído a los brigadistas a España, y que eran «despojos humanos» en proceso de rehabilitación gracias a la generosidad de la España de Franco.  

Se mantenía separados a los prisioneros extranjeros y a los españoles unos de otros, aunque las condiciones que soportaban eran muy similares: mala alimentación, falta de ropa adecuada –especialmente grave en el frío invierno burgalés–, instalaciones sanitarias deficientes, ausencia de camas (muchos dormían en un suelo de hormigón) y la atención constante de las alimañas. Como a los internacionales no se les permitía –ni se les exigía– trabajar y sólo se les permitía salir del campo de forma intermitente, sus días solían transcurrir hacinados dentro de las insalubres salas donde dormían. Aparte de las salidas ocasionales al río para lavarse, rara vez disfrutaban del aire fresco o del ejercicio. El hecho de que permanecieran detenidos en San Pedro tanto tiempo –mucho más que las seis semanas que soportaban los prisioneros españoles– hacía que estas condiciones fueran especialmente insalubres. Algunos de los internacionales llegaron con heridas graves, pero, aunque entre ellos había tres médicos, no había medicamentos ni instrumentos quirúrgicos para tratarlos. Un extranjero murió de disentería, otro de pleuresía y un tercero de cáncer de pulmón. 

Rancho para los prisioneros internacionales en el campo de concentración de San Pedro de Cardeña.

Los internacionales tenían la obligación de asistir a misa, y les golpeaban si no se arrodillaban en el momento adecuado. También se les obligaba a hacer el saludo fascista con el brazo recto y a unirse a los cantos falangistas: constituye una de las muchas infracciones del Convenio de Ginebra de 1929 sobre el trato a los prisioneros de guerra. Se golpeaba a quienes se negaban a ello aunque, según Geiser, «los sargentos ignoraban los saludos descuidados mientras el puño no estuviera cerrado» (Geiser, p. 129). Hubo intentos esporádicos de difundir entre ellos folletos de propaganda en varios idiomas. También eran objeto de palizas arbitrarias por infracciones menores de las normas o simplemente para satisfacer el humor de los guardias. Geiser señala que los guardias reaccionaron brutalmente ante las noticias de la ofensiva republicana en el Ebro en julio de 1938. 

Se creó un comité secreto, conocido como el comité local [the House Committee], con representantes de los principales grupos nacionales: la mayoría de los presos desconocía la identidad de sus miembros. Como los internacionales solían estar confinados dentro, excepto a la hora de comer, desarrollaron formas de ocupar el tiempo, como jugar al ajedrez con piezas moldeadas a partir de pan seco. Algunos prisioneros de habla inglesa escribían un periódico llamado Jaily News [N. de la T. juego de palabras entre Daily, diario, y Jail, cárcel] , que se colgaba en la pared pero se retiraba cuando llegaban los guardias. Se organizó un programa de clases bajo el nombre de Instituto de Estudios Superiores San Pedro: las clases de idiomas eran muy populares, pero había otras asignaturas como historia de España, matemáticas, sociología, economía, filosofía y teatro. Geiser describe a un grupo de prisioneros portugueses analfabetos a quienes se enseñaba a leer y escribir. Añade que «ninguna otra actividad en la que participáramos era tan importante como estas clases para resistir el ambiente deshumanizado y degradante del campo de concentración» (Geiser p. 128). Al acercarse la Navidad, se organizó un concierto con canciones y sketches cómicos, al que asistieron los guardias del campo. El comandante quedó tan impresionado que, a petición suya, se repitió la actuación en Nochevieja. 

Prisioneros internacionales juegan al ajedrez en el campo de concentración de San Pedro de Cardeña.

Los prisioneros fueron entrevistados por oficiales de la Gestapo, que prestaron especial atención a los alemanes y austriacos. El comité local aconsejó a los prisioneros que dijeran ser soldados ordinarios, que nombraran solo a oficiales del ejército republicano que ya hubieran muerto, que negaran cualquier afiliación comunista, que expresaran convicciones antifascistas y que no se mostraran despectivos ni hacia la República ni las Brigadas Internacionales. Aunque al final se permitió a los prisioneros enviar mensajes a familias en algunas ocasiones, al principio se les ordenó que escribieran estrictamente -en sus propios idiomas- «notificándoles que me encuentro bien» y nada más. Con el tiempo, los afortunados pudieron recibir paquetes de sus familias y de grupos de solidaridad de sus propios países. Entre los más desafortunados estaban los prisioneros alemanes y de Europa del Este, cuyos gobiernos eran hostiles a la República. 

Hubo un flujo constante de otros visitantes extranjeros en San Pedro. Entre ellos, William P. Carney, corresponsal conservador del New York Times; Jacques Doriot, líder fascista francés; y Lady Austen Chamberlain, cuñada del Primer Ministro británico, Neville Chamberlain. 

Durante 1938, diversos grupos de internacionales se beneficiaron de los intercambios de prisioneros y normalmente se les trasladó a prisiones cercanas a San Sebastián antes de cruzar a Francia. Geiser, por ejemplo, formó parte de un grupo que salió de San Pedro a finales de febrero de 1939 pero fue retenido en la prisión de Zapatari, en San Sebastián, hasta el 22 de abril, antes de su liberación definitiva. 

La suerte de los prisioneros, sin embargo, dependía de la voluntad del régimen franquista de acordar intercambios y de la de sus propios gobiernos de aceptar su regreso. El final de la guerra complicó aun más la situación porque ya no había prisioneros en poder de los republicanos con quienes intercambiarlos. Cuando el campo se cerró definitivamente en noviembre de 1939, todavía albergaba a 406 internacionales, entre quienes los grupos más numerosos eran portugueses (88), argentinos (56), alemanes y austriacos (55), polacos (41) y cubanos (39). A todos estos desgraciados se los enroló en el Batallón de Trabajadores nº 75, que trabajó en la reconstrucción de Belchite, la ciudad aragonesa destruida en los combates de 1937.  

Las investigaciones de Antonio Vallejo Nágera

Por la duración de su estancia en San Pedro, los internacionales fueron uno de los dos grupos de prisioneros que el psiquiatra militar Antonio Vallejo Nágera seleccionó para los estudios que dirigió sobre la «problemática marxista» (el otro grupo fueron las presas de la cárcel del Caserón de la Goleta, antigua cárcel de mujeres de Málaga). Participaron en el estudio un total de 297 internacionales, entre ellos Geiser, que describe parte de este proceso:

Detrás de la mesa se sentaba un agente de la Gestapo con un libro de contabilidad. Después de identificar a cada prisionero, un ayudante que utilizaba calibradores cantaba la longitud, anchura y profundidad del cráneo, la distancia entre los ojos, la longitud de la nariz, y describía el color de la piel, el tipo de cuerpo, las cicatrices de heridas y cualquier discapacidad

Geiser, Prisoners of the Good Fight, p. 146.

Como parte del estudio hubo la visita de dos sociólogos alemanes que presentaron a los presos un cuestionario de doscientos puntos: en él se intentaba juzgar la moralidad de cada sujeto mediante preguntas sobre sus antecedentes familiares, sexuales, políticos, religiosos y militares. Las preguntas sobre la familia se centraban en alcoholismo, criminalidad, posición social, afiliación religiosa, nivel de educación, empobrecimiento, ilegitimidad, emigración y enfermedad mental. 

Vallejo sostenía que el apoyo a la revolución en España se explicaba mejor en base a la biología y la psicología, y que el apoyo a la República se basaba más en factores de criminalidad que políticos. Como ha señalado Rodrigo, el trabajo de Vallejo fue de gran importancia, ya que sirvió para establecer una justificación pseudocientífica del uso de los trabajos forzados como medio para conseguir la «redención nacional» de los presos. Señala la ironía de que la investigación que pretendía identificar la causa de la «enfermedad» que supuestamente aquejaba a España (el marxismo) se basara en estudios de sujetos no españoles (Rodrigo, p. 145).

Tras su cierre, San Pedro fue ocupado por la orden del Císter.  Aunque hay un pequeño museo dedicado al arte religioso, hoy en día la mayor parte del monasterio, incluidas las zonas que ocupó el campo de concentración, está cerrada al público. Un pequeño panel informativo en el exterior es la única referencia a su uso durante la Guerra Civil y posguerra.  

Nota: La cifra de 188 campos de concentración no se refiere al total de centros de reclusión utilizados por la dictadura de Franco. El número real sería muy superior si incluyéramos campos de trabajo, destacamentos penales, prisiones, etc. 

Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL y revisión de Concha Catalan

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PHOTOS: Biblioteca Digital Hispánica. Biblioteca Nacional. CC-BY

Hay una luz en Asturias: La huelga de los mineros asturianos de 1962

Hace sesenta años, en abril-mayo de 1962, una huelga en las cuencas mineras de Asturias, que se extendió a otros sectores de la economía española, supuso el mayor desafío a la dictadura franquista desde el final de la Guerra Civil. Conocida a menudo como la Huelga del Silencio por su carácter pacífico y no violento, la huelga condujo a la imposición del Estado de Excepción en las provincias de Asturias, Guipuzkoa y Bizkaia y desafió la capacidad del régimen para controlar a la clase obrera a través de la Organización Sindical Española (O.S.E.), el Sindicato Vertical estatal establecido tras la Guerra Civil.

La huelga de los mineros asturianos de 1962 puede considerarse el presagio de las reivindicaciones que marcarían los últimos años de la dictadura.  Con motivo del 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, publicamos este artículo para resaltar la importancia de la lucha de los mineros asturianos y sus familias, así como la de los trabajadores de otras partes de España que arriesgaron su sustento y su vida enfrentándose a las políticas laborales represivas del régimen de Franco. 

En el período inmediatamente posterior a la Guerra Civil, los mineros asturianos –conocidos por la Revolución de Asturias en octubre de 1934– no constituyeron una fuente importante de oposición a la dictadura.  Asturias había sido la última de las provincias costeras del norte en caer en manos de los ejércitos franquistas en 1937 y los mineros fueron objeto de una feroz represión.  Según Rubén Vega, el principal historiador del movimiento obrero asturiano, 410 mineros fueron ejecutados tras un consejo de guerra [y al menos 368 fueron asesinados extrajudicialmente]. (Ruben Vega García et al, El movimiento obrero en Asturias durante el franquismo, 1937-1977, p. 54.) [Más información sobre los consejos de guerra aquí]

Foto icónica de la revolución minera pero no tomada en Asturias: una columna de Guardias Civiles escola a mineros detenidos en Brañosera (Palencia) el 8 de octubre de 1934. Concern Illustrated Daily Courier – Illustration Archive – Narodowe Archiwum Cyfrowe, Poland. Public domain

Aunque los mineros estaban exentos del servicio militar después de la guerra, la minería no era una ocupación atractiva: era extremadamente peligrosa y muy insalubre. Según Vega, murió una media de 85 trabajadores al año en accidentes mineros en Asturias en las décadas de 1940 y 1950 (la mano de obra minera total en la provincia era de 30.000 en 1950 y 49.000 en 1958). Los mineros también sufrían una alta incidencia de silicosis y otras enfermedades profesionales (Vega p. 55).

En los años sesenta, Asturias producía alrededor del setenta por ciento del carbón español. Esta industria, centrada en Langreo y Mieres, las principales ciudades de los valles de los ríos Nalón y Caudal respectivamente, dominaba la economía y la sociedad local. Aunque las minas eran propiedad de 72 empresas, diecisiete de ellas controlaban la industria: daban empleo al 93% de los trabajadores y producían el 90% del carbón asturiano. Hasta finales de la década de 1950, la minería del carbón estuvo protegida de la competencia extranjera por la política franquista de autarquía, pero el Plan de Estabilización de 1959, que abrió la economía española a las importaciones, provocó una grave crisis en la industria, ya que el carbón asturiano se vio obligado a competir con importaciones más baratas.

En Asturias, como en toda España, el Plan de Estabilización provocó una recesión económica y una inflación que redujo los salarios reales de los trabajadores. El regreso de los mineros que habían emigrado a Europa Occidental, especialmente a Bélgica y Luxemburgo también influyó en el ambiente de las comunidades mineras. Al trabajar en el extranjero, no sólo habían experimentado mejores condiciones de trabajo y de vida, sino que habían sido testigos de la libertad de los trabajadores para organizarse y hacer huelga.

En cambio, en España las huelgas eran ilegales y hasta 1958 los salarios se imponían por decreto gubernamental. Aunque la Ley de Convenios Colectivos Sindicales de 1958 permitía la negociación colectiva a nivel de fábrica, municipal o estatal, ésta debía realizarse dentro de la estructura de la O.S.E. y todos los convenios debían ser aprobados por el Ministerio de Trabajo. En 1960, un decreto del gobierno dictaminó que las huelgas que se consideraran con motivación política o que representaran una grave amenaza para el orden público constituían rebelión militar y estaban sujetas a la jurisdicción militar.  

Los acontecimientos en las cuencas mineras a finales de los años 50 deberían haber alertado al régimen de Franco del creciente descontento. Una huelga en la mina de La Camocha, cerca de Gijón, en enero de 1957, en la que los mineros ocuparon la mina durante nueve días, tuvo como resultado la mejora de las condiciones y de los salarios. Otra huelga centrada en el valle del Nalón, en marzo de 1958, provocó la declaración del estado de excepción y el despido de 200 trabajadores: se llamó a filas a los mineros en edad militar y 32 trabajadores acusados de pertenecer al Partido Comunista Español (P.C.E.) fueron condenados a penas de prisión de entre dos y veinte años (Vega p. 272).

Las huelgas de 1962 comenzaron el 7 de abril en la mina Nicolasa de Mieres, tras una protesta por las durísimas condiciones laborales. El pozo Nicolasa era uno de los más grandes, con 2.000 mineros. La huelga se extendió rápidamente a otras minas del valle del Caudal. La tercera semana de abril, los mineros del valle del Nalón se unieron a la huelga, Sus reivindicaciones incluían ya la libertad de organización y la indemnización de los trabajadores afectados de silicosis.

La respuesta del gobierno era previsible: arrestaron a los mineros y, en algunos casos, a sus familiares, torturaron a los presos, y hubo presencia intimidatoria de la Policía Armada y la Guardia Civil en las calles de los pueblos mineros y las principales ciudades. Unos 400 mineros fueron detenidos y muchos otros deportados a otras partes del país. (Vega p. 282)

La lucha se prolongó durante dos meses gracias a la solidaridad y la estrecha unión de las comunidades de los valles mineros. Las mujeres tuvieron un papel importante en la distribución clandestina de folletos para difundir la huelga y fomentar la solidaridad con la causa de los mineros. Los economatos laborales de las empresas se cerraron en cuanto estalló la huelga, y las familias se vieron obligadas a depender de pequeños comerciantes que les fiaban y de grupos de la iglesia católica que organizaban comedores sociales.

Durante el mes de abril, un completo silencio mediático acompañó a la represión. A pesar de ello, la huelga en solidaridad con Asturias se extendió más allá de sus cuencas mineras: a las minas de León, las de Río Tinto en Huelva, la industria siderúrgica en Asturias y las grandes obras de ingeniería en el valle del río Nervión alrededor de Bilbao. La declaración del estado de excepción en las provincias de Asturias, Bizkaia y Gipuzkoa el 4 de mayo, para hacer frente a lo que se calificó como anormalidades laborales, tuvo poco efecto. En la segunda quincena de mayo, unos 300.000 trabajadores estaban en huelga en todo el país, afectando a las fábricas de un total de 28 provincias, incluida Barcelona, donde la producción se había detenido en la mayoría de las plantas de producción y fábricas textiles de la provincia.

Compañeros del Pozu Carrio en 1962. Memoria Digital de Asturias. CC-BY

Mientras tanto, el 6 de mayo, un manifiesto firmado por 171 destacados intelectuales españoles –entre los que se encontraban Ramón Menéndez Pidal, Josep Fontana, Juan y Luis Goytisolo, José Bergamín, Salvador Espriu y Alfonso Sastre– reclamaba el establecimiento de la libertad de información y el derecho a la huelga de los trabajadores. [Lea el manifiesto de 1962 aquí, con otras adhesiones, preservado por la Fundación Juan Muñiz Zapico]

De forma extraordinaria, el régimen se vio obligado a negociar con los dirigentes mineros: el 15 de mayo un ministro del gobierno, José Solís Ruiz, que, como Secretario General del Movimiento, era responsable de la O.S.E., viajó a Gijón para mantener conversaciones con una comisión de representantes mineros reunida a toda prisa. Fue la única ocasión durante el régimen de Franco en la que el gobierno se vio obligado a negociar directamente con los dirigentes obreros. Los trabajadores de la construcción de Gijón saludaron la llegada de Solís sumándose a la huelga.

Incluso después de que Solís accediera a un acuerdo sobre el aumento de los salarios y la mejora de las condiciones de trabajo –que se publicó en el Boletín Oficial del Estado el 24 de mayo–, la huelga continuó hasta que los mineros detenidos fueron liberados y los trabajadores deportados pudieron regresar a la provincia.

Para entonces otros grupos se habían unido a las protestas: a finales de mayo hubo manifestaciones estudiantiles en Madrid y Barcelona. Los manifestantes coreaban «¡Franco no! Asturias Sí!» y cantaban canciones como Hay una Luz en Asturias que ilumina toda España y Asturias patria querida. (Vega, pp 282-3)

Portada del Mundo Obrero, 1 Septiembre 1962. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. CC-BY 4.0

A la vuelta al trabajo de los mineros entre el 4 y el 7 de junio siguió el fin de las demás huelgas. Sin embargo, hubo, quizás inevitablemente, una secuela de las huelgas asturianas de abril-mayo. En agosto estalló una segunda ronda de huelgas por la victimización de algunos mineros y el incumplimiento de los acuerdos que habían puesto fin al conflicto anterior. Los valles del Caudal y del Nalón se paralizaron rápidamente. Esta vez, sin embargo, la policía y la patronal habían confeccionado una lista negra de trabajadores: 126 fueron deportados a otras provincias y muchos otros fueron despedidos. Las huelgas no tardaron en fracasar, en parte porque muchos mineros y sus familias no disponían de recursos para resistir tras el paro de dos meses a principios de año. (Vega, pp. 282-90)

Como era habitual, el régimen culpó de las huelgas a los activistas comunistas, especialmente a los de otros países.  El 27 de mayo, en el monte Garabitas, un campo de batalla de la Guerra Civil en las afueras de Madrid, Franco se dirigió a la Hermandad de Alfereces Provisionales –una organización de veteranos de guerra falangistas. Afirmó que seguía librándose la Guerra Civil, desestimó las huelgas como algo sin importancia y atacó a enemigos sin nombre por aprovecharse de la situación. Unos meses más tarde dijo al corresponsal del New York Times, Benjamin Welles,

Los agitadores italianos y otros extranjeros entraron en España provistos de fondos, pero  escaparon antes de que nuestra policía pudiera ponerles las manos encima.

Benjamin Welles, España: The Gentle Anarchy, 1965, p. 130.

Aunque el conflicto inicial en el pozo Nicolasa pudiera verse como improvisado, los miembros de varios grupos de la oposición clandestina desempeñaron un papel importante en la difusión de la huelga, tanto en Asturias como en otros lugares. Además del Partido Comunista de España (PCE), entre ellos hubo activistas de la socialista Unión General de Trabajadores (UGT) y miembros de grupos eclesiásticos, especialmente de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). Los informes policiales sugieren que el gobierno estaba alarmado particularmente por las acciones de los activistas católicos. Aunque el obispo de Oviedo, Segundo García Sierra, se mostró hostil a las huelgas y trasladó a activistas de la JOC de las cuencas mineras a zonas rurales, los informes policiales identificaron a numerosos sacerdotes, especialmente en las provincias vascas, cuyos sermones indicaban apoyo a la causa de los huelguistas.  (Vega, p. 285).

Los acontecimientos de abril-mayo de 1962 habían planteado, sin embargo, serios interrogantes para el futuro de la dictadura franquista. Se humilló al régimen: un ministro del gobierno se había visto obligado a viajar a Gijón para negociar directamente con los líderes mineros a pesar de que, siendo las huelgas ilegales, eran –según las leyes del propio régimen– delincuentes. La publicación del acuerdo alcanzado por Solís mientras las huelgas continuaban fue otra humillación. Claramente, era un indicio del fracaso del sistema franquista en la gestión de conflictos laborales con los métodos habituales de represión sindical y policial controlada por el Estado. También quedaba subrayado que, al ser las huelgas ilegales, cualquier huelga se iba a convertir automáticamente en una cuestión política que implicaba al gobierno.

La difusión de las huelgas y protestas durante el mes de abril, a pesar del silencio de los medios de comunicación españoles y de la cobertura fuertemente distorsionada tras la declaración del estado de excepción, puso en duda la eficacia del sistema de censura de prensa. Esta sufrió cambios en 1966, cuando la Ley de Prensa e Imprenta de Fraga Iribarne suprimió de antemano la censura, pero sometió a la prensa a severas sanciones por infringir las mal definidas normas de publicación. La fuente de información más importante sobre las huelgas era Radio España Independiente, la emisora del Partido Comunista con sede en Bucarest. Conocida por el público como «La Pirenaica», sus reportajes se escuchaban ampliamente en todo el país. El análisis de registros policiales realizado por Rubén Vega destaca la exactitud de los informes sobre La Pirenaica, lo que debió alarmar aun más a las autoridades (Vega, p 284).

El conflicto de Asturias, en particular, y la ola de huelgas, en general, perjudicaron gravemente al régimen de Franco en el exterior, en un momento en el que intentaba presentar una imagen de administración civil conservadora que gobernaba una sociedad pacífica en proceso de modernización. En febrero de 1962, el gobierno español había solicitado oficialmente la apertura de las negociaciones para ingresar en la Comunidad Económica Europea.  Por la naturaleza del régimen de Franco, era probable que no se hubiera conseguido, pero los acontecimientos de abril-mayo de 1962 recordaron a los gobiernos y a la opinión pública de Europa Occidental los orígenes fascistas del régimen de Franco y la naturaleza represiva de la dictadura. Las manifestaciones de solidaridad con los mineros estallaron en varias capitales de Europa Occidental y en Estados Unidos, mientras los movimientos obreros de fuera de España llamaron la atención sobre la falta de sindicatos independientes y la ilegalidad de las huelgas.

La lista completa de los mineros detenidos, despedidos y/o exiliados de Asturias en 1962 puede consultarse en el Apéndice de Rubén Vega García, Las Huelgas de 1962 en Asturias (2002). 

Los dos documentales siguientes serán de interés para quienes nos leen:

Aquí puede escucharse la canción Hay una lumbre en Asturias, interpretada por su autor Chicho Sánchez Ferlosio.

Es parte del documental Si me borrara el viento lo que yo canto, de David Trueba de 1982 [Disponible aquí]

Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL y revisión de Concha Catalan

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Foto: Minero delante del Pozo Nicolasa en 1967. Memoria Digital de Asturias CC-BY