El destacamento penal de Bustarviejo

En la falda de la Sierra Norte de Madrid se encuentra la localidad de Bustarviejo. Una vez en el pueblo, un sendero de kilómetro y medio nos lleva a Los Barracones, un espacio de planta rectangular con un patio central donde se alojaron los más de dos mil presos que fueron pasando por él entre 1944 y 1952. En las colinas que hay alrededor, se encuentran las cabañas y chozas donde vivieron las familias de los presos, construidas por ellos mismos. Se cumplen este año 70 desde que quedó abandonado, y queremos recordarlo. Probablemente las edificaciones sobrevivieron por estar ubicadas en la Dehesa Vieja, zona de mantenimiento del ganado.

Los primeros destacamentos penales de este tipo se pusieron en marcha en 1939, tras la publicación de la Orden creando el cargo de Inspector General de Talleres Penitenciarios el 14 de noviembre de 1939, que establecía:

en adelante, todo penado habrá de trabajar y aprender un oficio, si no lo sabe, para redimir su culpa, adquirir mediante el trabajo hábitos de vida honesta que le preserven de ulteriores caídas, contribuir a la prosperidad de la Patria, ayudar a su familia y librar al Estado de la carga de su mantenimiento en la Prisión.

Boletín Oficial del Estado núm. 321, de 17/11/1939, páginas 6459 a 6460.
Vista general del Destacamento penal de Bustarviejo. FOTO: Jose Luis Regojo

El destacamento penal franquista de Bustarviejo es un recuerdo vivo de lo que algunas personas no quieren que se conozca. De la misma manera que se visitan campos de concentración nazis para recuperar la memoria, sería necesario visitar penales franquistas. Este, en concreto, es de los que se conserva mejor y pone la piel de gallina.

Los presos y sus familias vivieron y trabajaron en el destacamento de Bustarviejo para construir la línea ferroviaria Madrid-Burgos, como hicieron los presos recluidos ocho destacamentos más, ya desaparecidos: Garganta de los Montes o Lozoyuela,  Valdemanco, Chozas de la Sierra (hoy Soto del Real), Miraflores de la Sierra, Colmenar Viejo, Fuencarral, Chamartín y Las Rozas. Ellos, con sus manos, levantaron 70 kilómetros de infraestructura ferroviaria, al igual que 4.000 presos condenados más. La vía se finalizó en 1955 pero no se inauguró el ferrocarril hasta 1968. También había un número menor de trabajadores contratados y algún preso común.

Interior del Destacamento penal. Las marcas en las paredes indican los lugares de las literas superiores. FOTO: Jose Luis Regojo

El Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo, creado en 1938, creó una red de 121 campos de trabajos forzados. El de Bustarviejo es el mejor conservado. Como nos explicó el ex alcalde del pueblo, José Manuel Fernández,

En Bustarviejo se excavaron dos túneles (de 395 y 248 metros) dinamitando y barrenando a maza en roca viva; tallaron la piedra y molieron la grava; levantaron un viaducto (de 26 metros de altura, con 11 arcos de 12 metros de luz) y construyeron la estación; hicieron taludes a pico y pala y colocaron el balasto y las vías.

Durante nuestra visita, pudimos ver los restos conservados de los barracones de reclusión, cuatro garitas de vigilancia de la Policía Armada, una celda de castigo, estructuras de trabajo para labores de cantería, caballerizas, cuadras para los bueyes y los fundamentos de unas cuarenta chabolas de piedra –ahora parcialmente cubiertas por vegetación–, construidas por los presos en la ladera del monte adyacente donde, en poco más de cuatro metros cuadrados, mujeres y niños sobrevivían hacinados, cerca de sus maridos, padres o hijos, que desarrollaban un trabajo agotador y peligroso, con una dieta escasa y soportando adoctrinamiento religioso y político. En definitiva, era una situación de miseria y aislamiento de presos y familiares «para que purgaran sus pecados»: una situación de semi-esclavitud de la que se benefició la empresa contratista Hermanos Nicolás Gómez.

Vista desde las edificaciones de piedra construidas por las propias familias. Al fondo, el Destacamento penal. FOTO: Jose Luis Regojo

Los presos de Bustarviejo trabajaban seis días a la semana, a razón de 10-11 horas diarias. No se les proporcionaban las medidas de seguridad necesarias para la construcción y el manejo de dinamita, como guantes, cascos o arneses, de ahí el gran número de presos fallecidos en accidentes laborales, cuando no era por motivo de la pobre alimentación, la dureza de la climatología de la zona y las enfermedades, infecciones o plagas diversas.  

El hecho de que estos penales fueran la antesala a la libertad, con el tercer grado, y la  presencia de sus familias era motivo suficiente para que la mayoría de los presos no intentara evadirse. De hecho, este penal es uno de los pocos en los que hay constancia de que las familias vivían cerca de los presos. A pesar de ello, las tres garitas de los centinelas estaban orientadas hacia el exterior, para repeler los intentos de liberación de los presos por parte de los maquis.

Verja desde el patio central. FOTO: Jose Luis Regojo

De los pocos que intentaron y lograron huir, nos explicaron el caso de Manuel Bajo Bueno, un joven anarquista que consiguió evadirse atravesando el paso de salida gritando a los policías: “¡Ya me han dado la libertad provisional”!, con un papel en la mano. Estos le contestaron “¡Enhorabuena!” y él siguió andando. Acabó en México pasando por Lisboa, adonde llegó escondido en un camión cargado de sardinas pagado por su madre. 

Los barracones de reclusión tenían un patio central que servía para el recuento de los presos y la celebración de misas y el adoctrinamiento. No olvidemos la equiparación entonces existente entre delito y pecado. En el patio también había un pilón donde lavaban su ropa. Los dormitorios eran colectivos, en el exterior había letrinas, una cocina y un economato, los despachos de la Policía y de los funcionarios de prisiones.

No podemos dejar de mencionar el gran trabajo de investigación de este yacimiento histórico hecho por el equipo de arqueólogos e historiadores de la Universidad Complutense de Madrid, coordinado por Alfredo González-Ruibal, así como el tesón del ex-alcalde José Manuel Fernández y la Asociación de Memoria Histórica “Los Barracones”, que en colaboración con el Ayuntamiento, ofrece visitas guiadas gratuitas para que las jóvenes generaciones sean conscientes del triste y doloroso pasado que se intenta ocultar.

Mas información

En el artículo El silencio roto: Así sonaban las cárceles franquistas hablamos también del Patronato de la Merced.

FOTO: Presos del Destacamento Penal de Bustarviejo. Cedida por Los Barracones.

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